domingo, 9 de febrero de 2014

Cambios en los blogues

Queridos todos, dentro de pocas semanas fundiré mis blogs en uno solo: Huelladeperro. Y seguramente lo llevaré a alguna plataforma que no será Blogger. Mi correo sigue siendo huelladeperro arroba yajú españa, para lo que queráis de mí. Ahí van dos textos viejos de un par de años que forman parte de una única historia. Habrá más.






El mundo en que vivimos no le bastaba. Se le hacía pequeño. O demasiado grande. Así que eligió vivir en un mundo de fantasía que otros habían inventado. Consumía películas a grandes dosis, hablaba de ellas, leía de ellas, escribía sobre ellas, pensaba en ellas y, cuando no podía estar viendo las películas, las vivía. De manera que mezclaba con su vida real las películas que más le habían marcado en el cine. de este modo engrandecía y densificaba lo que para ella era una vida sencilla y gris. Así le daba carácter y dramatismo y disfrutaba, en directo, de lo que otros sólo pueden disfrutar mirando una pantalla.

La ley de reciprocidad o como el mal se adueña de nuestras vidas

Se queja de que cada vez que tiene una iniciativa buena le sale mal. Cree que tiene mala suerte con eso, y ha tomado la opción de ser más realista. Ya no va de mariposa por la calle, derramando sonrisas y buen rollo. Sabe que cualquier ser humano que se cruce puede ser un enemigo en potencia, o una mala persona, alguien que querrá hundirla o hacerle daño gratuitamente. Ya no le pasa una a la gente, está resabiada. Se justifica en que casi cada vez que tuvo una iniciativa positiva se vio contestar con mal rollo, con malas pulgas o con muy mala intención. Es tanta su desconfianza que presupone, a cada frase que le dicen, la mala intención del otro. No hagas esto a ver si se van a pensar esto otro -aconseja a los demás- no le des la mano a ese, a ver si se va a querer tomar el brazo; no le hagas un cariño, a ver si se va a pensar que quieres sexo; no le ayudes, a ver si se te va a apalancar.
Su generosidad la lleva a salvar perritos. Tiene tan claro que los hombres no dan nada gratis en este mundo que ha instituido con su "chico" el sistema de vales:
Cuando en días señalados su pareja le hace un regalo, ella, que no tiene dinero, emite un vale.
Vale por un rato de pereza, por una manipulación terapéutica, por una concupiscencia...

viernes, 6 de diciembre de 2013

Yuja Wang - Scriabin, Selections for Solo Piano

Se puede vivir sin Scriabin, pero una vez conocido ¿para qué? su música es una de las pocas cosas hermosas que ha hecho el hombre.


martes, 28 de mayo de 2013

¿Has intentado mover la cola?
¿No?
¿Y a qué esperas?
¿A que tu gurú te dé la orden?
Son un hombre y un perro atados juntos.
Nos ven llegar, a mi y a mis perros.
El hombre dice schit...
El perro nos ladra.

Conclusión:
Schit es la orden para que el perro ladre.

Vuelvo a escribir.
Ojalá te vaya todo bien,
chucha capulla,
monja mal follá.

viernes, 31 de agosto de 2012

martes, 26 de junio de 2012

jueves, 29 de marzo de 2012

La huelga

Hoy los coches circulan a un ritmo distinto, como si nadie tuviera prisa. La circulación es más armoniosa. El tráfico tiene un tono de calma y tranquilidad que no es habitual.

 Quizá sea esta una de las pocas enseñanzas que podemos sacar de la huelga: vivimos en un estado permanente de crispación; de tensión interior. Este estado no tiene una fuente o una causa concreta. Es simplemente un hábito común que realimentamos de unos a otros a lo largo de nuestros encuentros.

 Hoy en cambio la presión ha desaparecido para la mayoría de nosotros. No tenemos nada que ganar o que perder en esta huelga. Nada que dependa exclusivamente de nosotros.

 La crispación ya no se encarna en cada uno de nosotros y nos es posible en todos los ámbitos, en todas las actividades de nuestra vida, circular de repente sin prisa, sin presión.
 Ser conscientes por una vez de cómo el Sol nos calienta y lo penetra todo (penetra a través de los vidrios de nuestros coches, a través de los tejidos de nuestras camisas).

 Entregarse a la gozosa pereza de sentir, de dejarse penetrar por todos los poros, de bañarse en esta nube calmada y espumosa es, quizá, el máximo aprendizaje que podemos esperar en este día.
 Calma; tranquilidad; vivir el momento presente en vez del pasado, en vez de la aprensiva prefiguración del futuro, en vez de la tensión de luchar con el presente para influir ese futuro.
[Las revoluciones que más consiguen son las revoluciones tranquilas. La guerra y la crispación no conducen a cambios reales. Sólo desde la asunción tranquila del presente pueden desactivarse los mecanismos que nos esclavizan.]

 Quizá no se pueda ya desactivar el mecanismo que llevará a esta bullente humanidad al fracaso más estrepitoso; al estallido de destrucción y muerte; al caótico derrumbe que nos lanzará al abismo a todos nosotros y a nuestras plantas y animales, a todos aquellos que El Dios, si existe, o la Madre Naturaleza, que sí parece existir, puso en este pequeño bote de vela. Y si es así y ya es tarde; si ya no hay remedio y estamos indefectiblemente abocados a la muerte multitudinaria y violenta, al final catastrófico de nuestra civilización; de casi todos nosotros y de casi todos nuestros hermanos menores, ...no me extraña entonces que asustados cubramos nuestros ojos, que tapemos nuestros oídos, que interrumpamos el libre curso del logos para no sentirnos conscientes de aquello de lo que ¡ay! somos en el fondo tan claramente conscientes...

 Jornada de huelga....

 Es jornada de reflexión para aquellos que precisamente no hacen huelga. Jornada de percepción de una realidad otra, que parece otra, pero que en el fondo es la realidad sobre la que inscribimos nuestros constructos cotidianos.

 Percibir la esencia del mundo (en realidad sólo un nivel más profundo); desactivar del pensamiemto de cada día, de este día concreto, la urgencia de los gestos de supervivencia, es un privilegio concedido a algunos más que aquellos precisamente que siguen la huelga.


viernes, 23 de marzo de 2012

La razón

No es posible trenzar una mentira que engañe a todo el mundo, incluído uno mismo.

Quien lo consigue, se pierde.

miércoles, 4 de enero de 2012

martes, 13 de diciembre de 2011

Recular o ir de lado, como los cangrejos




.- ¿Qué tal se te da recular?

.- ¿Es un chiste?

.- ¿Acaso te tengo que decir que es un chiste para que te rías?

Me había pillado. ¡Qué falta de naturalidad me acompaña con frecuencia en mis manifestaciones!
Estábamos descargando un mueble de esos bien pesados y era imperativo que uno de nosotros caminara de espaldas mientras el otro lo hacía de frente. La gracia estaba en que él y yo habíamos tenido un affaire homosexual de jovencillos y aunque luego habíamos vivido mucho, él, después de siete años soportando una mujer insufrible, se había decantado por una sexualidad dirigida a los hombres.
Una pequeña inversión antero-posterior.
Lo mismo que yo había hecho unos pocos años antes una inversión lateral de uso y ahora soy zurdo.

Con cinco años me obligaban a hacer palotes siguiendo el punteado de los cuadernos Rubio: palotes verticales, inclinados, círculos. Y luego letras: zetas, eses, erres, pes... Pasé muchísisimas horas de tortura recorriendo con el lápiz los malditos punteados, y dudando entre usar una mano o la otra. Las explicaciones que me daban no me servían. Los términos "derecha," "mano buena" o "mano mala" no tenían ningún sentido para mí. Mi tendencia natural era empezar con una mano cualquiera y cuando los calambres musculares crispaban mi mano, o el sudor hacía que me resbalara el lápiz, o el vaciado de la forma del lapiz en mi mano había vuelto insensible la zona en que apoyaba, cambiar a la otra, que estaba fresca. Para mi desgracia las condiciones especiales de mi cautiverio no me permitían ni estas pequeñas gratificaciones y mi torturadora, que tenía a su cargo una clase de primero y una de segundo vigilaba con el rabillo del ojo a su único alumno de párvulos y, en cuanto me veía frotarme la mano o secarme su sudor en el pantalón me ordenaba volver a mis palotes:

¡Guillermo, haz tus palotes!
¡Con esa mano no! ¡Con la buena!

Así que la mano buena era la que me hacía sufrir.
Como progresaba bien poco en clase, tenía siempre muchos deberes para hacer en casa; hojas y hojas de los jodidos palotes y, aunque mi madre vigilaba también que hiciera mis palotes con la mano buena, podía contar con que el tiempo que estaba en la cocina o haciendo labores de la casa yo avanzara mi trabajo como me gustaba: dejando descansar la "mano buena" y haciendo los palotes con la mala, más fresca y descansada. Cuando se me cansaba la izquierda volvía a trabajar con la derecha, pero resultaba que esta, mucho más castigada por las exigencias del trabajo y la tensión que le imprimían los adultos, tenía con frecuencia bambollas en la suave piel en que el lápiz se apoyaba.

Así es como me hice zurdo.

Escribir es un trabajo ímprobo que solicita conexiones nerviosas que el cerebro humano no tiene desde el nacimiento. Los mecanismos puestos en marcha por el aprendizaje de la escritura son por una lado el de la poda neuronal (recientemente descubierto por los científicos y que amplía para la ciencia oficial los límites de las capacidades humanas hasta límites insospechados) y por otro el de una auténtica jardinería neuronal, que tiene más de construcción arquitectónica de catedrales que de otra cosa. Lo mismo que aprender a tocar un instrumento. Existe una gratificación placentera de la escritura manual, de la misma manera que existe esa gratificación cuando se toca un instrumento, pero sus mecanismos son mucho más sutiles que en la música y nuestra cultura casi no ha trabajado ese sector de las emociones. Yo apenas he sentido alguna vez ese raro placer...
El caso es que escribir es seguramente la habilidad que, una vez adquirida, determina con más fuerza la orientación latero-espacial de nuestras capacidades; la zurdera o la diestrería.

Mi amigo, y antiguo novio de un corto verano cuando éramos críos, era también zurdo. Quizá las presiones que le llevaron a serlo fueron parecidas a las mías, no lo sé, pero sí sé de algunas de las presiones familiares y sociales que pudieron llevarlo a preferir ser homosexual que heterosexual.


También sé de una elección suya que han aprovechado todos sus hermanos y que a mí me ha sido revelada recientemente como un secreto precioso: tenemos dos manos, dos brazos, dos piernas. Podemos aprender a utilizarlos ambos prácticamente por igual. Nos evitaremos muchas enfermedades profesionales y nuestro trabajo, quizá al principio más lento, será también a la larga más descansado. Mi amigo es ahora ambidiestro y esa elección, hecha conscientemente a lo largo de toda su vida, ha hecho de él, junto con muchas otras cualidades elegidas también conscientemente, una de las personas más hermosas que conozco.

lunes, 12 de diciembre de 2011

art brut

"Y para que no sean dejados de lado vamos a pintar de vivos colores el alma de los niños y los locos."

(Palabra de Dios)

domingo, 4 de diciembre de 2011

¡Maldito imperio del plástico!

Hace mucho tiempo que no acaricio a mis amores rozando suavemente su vello con el mío, creando electricidad entre nosotros... ¡Ay! ¡Todas se depilan!

martes, 29 de noviembre de 2011

domingo, 20 de noviembre de 2011

Elecciones

Cuando se han pasado unas horas en un manicomio, es difícil no haber tenido a ratos la sensación de que quizá los médicos sean en realidad los verdaderos enfermos. Y que los pacientes sean terapeutas que han hecho el sacrificio de su vida para permitir a los doctores y al personal sanitario volver a la verdadera cordura.

martes, 8 de noviembre de 2011

Fallecimiento

El Señor Rubio ha muerto esta mañana a las 9'30 
Vuelve al espíritu infinito su alma aventurera. 


Los que lo conocimos sabemos que Dios no puede sino mejorar a su contacto.

Gracias a todos los que lo quisisteis por haber participado en su vida.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Un encuentro a través del tiempo

"La vida de una persona es una obra de arte"



Caía ya la noche en aquel hermoso rincón de la serranía de Cuenca. Mi padre y yo habíamos pasado buena parte de la tarde intentando explicar los movimientos de la luna. Comprenderlos requiere de un esfuerzo de imaginación que no todo el mundo puede hacer con la misma facilidad. A los espíritus geocéntricos les resulta particularmente arduo entender que la luna tenga, junto al movimiento de translación, uno de rotación. Efectivamente, la luna nos ofrece siempre la misma cara ¿Cómo podría tener un movimiento de rotación? Carlos el de la caravana, compañero de partido de mi padre y que defendía el socialismo con ciega fe, mostraba la misma incorruptible fe para defender que si bien la luna giraba en torno a la tierra no lo hacía en absoluto sobre sí misma...
.-La luna tiene una cara oculta y una cara visible -decía- si diera vueltas sobre sí misma como decís, a cada giro veríamos su cara oculta.
.-¡No! -contestábamos nosotros- porque al mismo tiempo que gira sobre sí misma, da vueltas en el espacio en torno a nosotros, y el tiempo que tarda en dar una vuelta sobre su eje es el mismo que tarda en dar una vuelta a nuestro alrededor..
Juan Antonio y Maria Teresa, el matrimonio amigo, dudaban, y ora se decantaban por Carlos, ora por nosotros. Al final mi padre y yo escenificamos los movimientos relativos de la tierra, la luna y el sol.

Por la noche, delante de unas buenas chuletas y en buena camaradería mi padre estaba exultante, rara vez lo  había visto tan contento. Dijo que momentos como ese eran de los que después se recordarían toda la vida. Después de cenar cantó para nosotros "Les Gitans" y brindamos por la libertad (era 14 de julio, día de la revolución francesa) Yo debía tener 16 años, y era la primera vez que oía aquella canción. Mi padre no  volvió a cantarla nunca delante de mí, ni yo la volví a oír, pero a lo largo de los años intenté reconstruirla en mi mente.




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Mientras viajábamos por Francia Rubio y yo habíamos tomado la costumbre de instalar nuestro campamento durante las dos últimas horas de luz de día. Así asegurábamos la comodidad y la tranquilidad de la dormida, y eso nos permitía levantarnos de propio impulso antes del alba, para que las emociones constructivas se adueñaran de nosotros y nos acompañaran a lo largo del día. Esa noche sin embargo nos apetecía caminar. Los pueblos de vacaciones se sucedían, la noche era tibia y aromática y si a mí la mochila me resultaba ligera, a Rubio el alquitrán de la carretera le parecía hierba. Decidí pues pasar gran parte de la noche caminando, por lo menos mientras nos fuera tan agradable...

Paralela a la carretera por la que íbamos salía otra en la misma dirección, mucho más ancha, y en la que sin embargo unas formidables barreras portátiles impedían el paso de todo vehículo. Elegimos viajar por aquella carretera, donde de momento nos ahorraríamos encuentros nocturnos con coches, no siempre  agradables cuando se viaja a pie y sin luz... La carretera estaba bordeaba de huertas y viviendas, pero no había luz en ellas, lo que resulta extraño en Francia, donde la gente se retira temprano pero se acuesta tarde. Pensé que quizá los habitantes habían migrado al interior del pueblo -donde debía haber mejores servicios- abandonando sus viejas casas familiares que ya sólo se utilizaban como almacén o punto de descanso para el trabajo de la huerta.
Pensé que a los antepasados de aquellos hombres; sus padres y madres, sus abuelos y abuelas, debía serles más fácil ahora reunirse a las puertas de sus casas pues por las noches ya no pasaba nadie por aquella carretera...
Pronto tuve la sensación de que me observaban, de que Rubio y yo estábamos adentrándonos en los dominios de aquellos muertos y que quizá nuestra presencia los incomodaba. Llamé a Rubio conmigo, me agaché junto a él e intenté hacerle comprender mi estado de ánimo; la gravedad con la que debíamos comportarnos. Pensé que seguramente había allí bastantes más espíritus que los propios del lugar, pues por esas condiciones especiales debía ser para todos un agradable lugar de encuentro. Pronto tuve la sensación de que éramos aceptados. Me pareció que se acercaban a mí para tocarme, y cuando tuvieron la seguridad de que su leve contacto no me incomodaba, llegaron a formar una espesa barrera, como un cendal negro sutilísimo en el que tenía que introducirme al mismo tiempo que caminaba a lo largo de sus viejas viviendas.

Unos cientos de metros más allá salimos a campo abierto, y al cabo de cuatro o cinco kilómetros llegamos a otro pueblo. Debía ser la una de la madrugada, y sin embargo había mucha gente por la calle, un ambiente festivo y dos bares abiertos. Me senté a tomarme un diabolo en la terraza de uno de ellos y entonces por los altavoces exteriores los "compagnons de la chansson" empezaron a cantar "Les Gitans".

Al día siguiente aprendí que la vispera había sido el 14 de Julio. Día de la revolución francesa.



Y lo recuerdo y tengo el teclado cubierto de lágrimas...


feliz cumpleaños, Papá

miércoles, 21 de septiembre de 2011

¡Si ni podéis llevaros bien conmigo cómo queréis conectar con el universo entero! dijo la rata

Soplaba un viento frío en la ladera de la montaña, y mientras mi compañero intentaba dormir, yo he querido permanecer despierto, intentando que mi vista llegara al infinito, recordando, pensando y sintiendo...






Para Pili, que una canción suele ser mejor que un ladrido.
Para Benedetina, que le gustan las canciones viejunas que pongo.
Para Mariluz, porque se la canté un poco para animarla, pero ellos la cantan mejor (y eso, a ver si te animas ;).

Y para Jorge, claro, para que escuche e intente entender buen francés.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Y dos

ambiguo, gua.
(Del lat. ambigŭus).
1. adj. Dicho especialmente del lenguaje: Que puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión.
2. adj. Dicho de una persona: Que, con sus palabras o comportamiento, vela o no define claramente sus actitudes u opiniones.
3. adj. Incierto, dudoso.


Fuente: RAE


A ver si nos entendemos ¡carajo!

miércoles, 20 de julio de 2011

cuestiones de ética comparada

No es exactamente  mi mejor amiga pero nos hemos peleado cuatro veces, tres de ellas a navaja,
y eso une ¿no? Bueno, pues me encuentro en el norte de España, y como por primera vez en seis años voy a pasar cerca de la cárcel donde se encuentra mi amigo el Moño, he intentado localizarlo y arreglar una visita:
Un amable gasolinero me ha prestado las páginas blancas y mientras me tomo un capuchino con mucho azúcar (llevo toda la noche sin dormir) busco en la localidad de que se trata el teléfono de la cárcel.
No está.
Recuerdo que cuando España era Una, Grande y Libre, si el teléfono que buscabas no estaba en la guía, en información telefónica te lo facilitaban gratis, mientras que si estaba te cobraban la llamada bastante cara, a un precio muy superior al de una llamada normal. Estoy seguro que podría pedirselo a la guardia civil, que por la peculiaridad de su trabajo deben, seguramente, sabérselo de memoria, pero un prurito cívico me impulsa a no molestar a estas personas tan ocupadas, guardianas de la paz, con problemas particulares ajenos a las obligaciones de su mérito. Llamo pues al teléfono de información telefónica facilitado por las mismas páginas blancas, órgano oficial de comunicación con el cliente de Telefónica España:
11811 es, me digo, el mismo número que anuncian en televisión y en vallas publicitarias con un ingenioso truco mnemotécnico en el que un señor de aspecto peculiar con pelo a lo afro ocupa el lugar del 8.
Una voz grabada me informa muy de corrido que la llamada cuesta por la mera conexión 0'60 céntimos y 1'6 céntimos por segundo transcurrido. Esto para los teléfonos Movistar, la compañía móvil de Telef%nica, mientras que si la llamada es de otras compañías hay que consultar precio. No sé dónde consultar precio, y lo que quiero es obtener el número ya, así que hago de tripas corazón y espero que no me sableen demasiado. El protocolo escrito de la operadora incluye, a más de otras dilaciones, el tentarme con un sorteo de nosequé, pero consciente de que los segundos corren y no sé a cuánto me los cobran, contesto un rápido 'no me interesa' en cuanto pronuncia la palabra sorteo.
Ya tengo el número.
El chivato de Yoigo me envia un mensaje diciéndome que la llamada me ha costado 1'95€
¡Joder!
Miro la duración de la llamada: 21 segundos
¡REJODER!
Menos mal, me digo, que no he querido tentar a la suerte con el concurso...: contestar a la pregunta, dar mis datos... eso hubiera tomado como poco un minuto, y seguramente dos minutos o más. Es decir, en dos minutos, el sueldo de una hora de la telefonista, impuestos y seguridad social incluídos; tanto la parte del trabajador como la del patrono. Al lado de este robo organizado, los trajes de Camps no son ni siquiera una minucia y toda la trama Gurtel quizá sí alcance el grado de minucia, pero lo que es seguro es que funciona como cortina de humo. Nuestros gobernantes no son aquellos a quienes votamos para que nos gobiernen sino estos otros, desprovistos de ética, que gobiernan cada gesto cotidiano de nuestras vidas. Al lado de esto la gente es buena. Somos buena gente, y nos preocupamos por  problemas éticos menores a falta de alcanzar los problemas éticos mayores que de verdad conforman nuestras vidas. ¡Qué claro lo tienen las grandes compañías impersonales que nos gobiernan! Recuerdo, cuando las llamadas telefónicas se hacían con una moneda de cinco duros, que la llamada normal costaba 21 pesetas. Como las cabinas habían desterrado hacía mucho tiempo el uso de moneda fraccionaria inferior a un duro los usuarios veíamos con rabia que aunque el display indicaba el precio oficial según la ley las cabinas se tragaban tan ricamente las cuatro pesetas que sobraban a nuestro favor. En aquellos tiempos la compañía telefónica sacó a la venta tarjetas con chip que podían comprarse en los estancos al precio de 1000 pts. ¡Estupendo! -pensamos muchos- ahora el problema físico de la moneda fraccionaria que va quedando obsoleta a causa de la irracional carrera inflacionaria hacia ninguna parte de la sociedad dejará de existir, y Telef&nica, que cuenta el precio de la llamada en pesetas y fracciones tal y como lo marca la ley, no tendrá excusa para quedarse con las cuatro pesetas que de cada llamada se quedaba por el morro y sin pagar impuestos.

Metí mi tarjeta recientemente adquirida, hice mi llamada, hablé el tiempo necesario y vi, satisfecho, que el display marcaba el precio de la llamada: 21'07 pts.
Colgué.
Y mientras acercaba la mano a mi tarjeta para retirarla vi con estupor que el display actualizaba el saldo de mi tarjeta: "saldo restante: 975 pts"
Así siguió pasando con el resto de mi tarjeta hasta que se acabó el saldo. Telefónica me fue cobrando las llamadas de aquella tarjeta que había comprado en el estanco no a su precio oficial, sino al precio emocional que estimaban que les era debido. Como si la instauración de métodos de cobro digitales propiciada sin duda por El Estado no fuera más que una estrategia para robarles a ellos.
PÉRDIDA DE LA INOCENCIA.
A cada llamada que hacía yo pensaba en el cabreo que cada uno de los demás usuarios debía sentir al efectuar sus llamadas y me parecía (me parece todavía) que aquella inyección de malestar en el corpus social era una cosa muy fea y muy poco ética. Ya hace de esto más de 20 años. La chica con quien tengo el placer de compartir caricias y ternura estos últimos tiempos aún no había nacido. Ella y muchos de los que me leéis habéis amanecido en un mundo en que la falta absoluta de ética se ha institucionalizado en la grandes corporaciones.
Paralelamente los españolitos de a pie y los habitantes del primer mundo tienen conciencia ecológica, conciencia de las desigualdades sociales, deseos de cambiar el mundo, ilusiones. Muchos, un porcentaje importante, son idealistas. Sin embargo la conciencia idealista topa con las obligaciones laborales. Lo noté en el tono de voz de la telefonista que me atendió: colaboramos, ella y yo, en hacer que la llamada fuera lo más rápida posible y lo menos gravosa posible para mí. Pero también tenía que seguir el protocolo; el guión escrito que cambia cada día con las nuevas consignas: hoy hay que ofrecer el concurso de un coche; mañana cualquier otra cosa. Hay que mantener al demandante pegado al teléfono, gastando dinero por segundos... Pronto, creo yo, el ordenador central de clientes potenciales de movistar hará la ronda por las llamadas efectuadas al número trampa de información telefónica y me llamará algún subempleado de la compañía, preferiblemente una panchita sumisa, para ofrecerme cualquier contrato ruinoso para mí que me enganche a ellos de por vida.

Pero hablábamos de conflictos éticos, y de mi amiga la de las peleas a navaja...
Al final los más humanos parece que son los que viven más cerca de la vida y la muerte, de la miseria humana y de las grandes tragedias. Encontramos más humanidad entre asesinos, delincuentes, drogadictos, funcionarios de prisiones, camellos, guardias civiles, policías, celadores de hospital, médicos de urgencias y limpiadoras de quirófano que casi en ningún otro sitio.

El funcionario de la cárcel me dice que no me puede dar por teléfono los datos que le pido ¿Mi amigo El Moño está, sí o no, en el centro penitenciario?
Voy de camino hacia allá -le explico- Hace seis años que no lo veo pero es mi amigo. Y una buena persona. Ya sé que tiene que pedir él la cita desde dentro, y que quizá no pueda verle hasta dentro de varios días, pero estoy dispuesto a esperarme por ahí el tiempo que haga falta. Llamo ahora para facilitar las gestiones previas. Si sabe que voy a verle podrá pedir la entrevista ya, y quizá ganemos un par de días.
.- ¿Cómo dice que se llama? -le doy el nombre.
.- Un momento que consulto... No, no se encuentra ya con nosotros, está en libertad...

¡Qué alegría! Llamo a mi amiga La Tilacina:
.- Oye, ¿como estás? ¿todavía no has matado a tu madre? Me alegro de que sigas viva -mi amiga vive enquistada en casa de su madre que a su vez le hace la vida imposible de mil maneras distintas. La relación es enfermiza pero mi amiga no le echa los ovarios a marcharse de casa. (Es más difícil para una mujer, claro, y sin trabajo...)
.- Me alegro de que tú también sigas vivo, ¿como estás?
.- El Moño está libre, ya lo han soltado, estoy en la provincia donde estaba en la cárcel, he intentado ir a visitarlo y me han dicho que ya está libre... como me he acordado de que quisiste matarlo...
(En realidad no sé exactamente si quiso matarlo, pero cuando se lanzó a por él navaja en mano yo me interpuse y lo defendí, y esa fue una de las tres peleas a navaja que tuvimos -la navaja siempre en manos de ella, claro-)
Hay que decir que la cosa empezó por culpa del Moño, un machista español a la antigua usanza que sólo entendía a las mujeres como sometidas al varón, y sólo entendía la amistad entre mujeres y hombres si incluía derecho de pernada. El que La Tilacina pasara por el solar frecuentemente -en aquella época lo llevaba muy fatalísimo con su madre-; fuera amistosa con nosotros y no quisiera nada de sexo ni conmigo ni con él soliviantaba las cojonudas hormonas carpetovetónicas de mi amigo El Moño. Como sus avances eran burdos y evidentes La Tilacina lo tenía bien calao, y empezó a especular sobre las necesidades y costumbres sexuales del bendito Moño. Como les suele ocurrir a las personas de carácter ardiente con las especulaciones no contrastadas ella misma fue encontrando razones que apoyaban sus tesis y las nuevas razones fueron a su vez axiomas ciertos o casi infalibles sobre los que apoyaba nuevas razones que la satisfacían. Al final acabó por concluir que si su mujer lo había echado de casa quedándose además con el restaurante y todo el dinero y bienes que tenían en común -aprovechó según contaba El Moño un periodo de dos meses que este tuvo que pasar en el hospital- no podía ser más que porque él había estado propasándose sexualmente con sus dos hijas desde que eran pequeñas. Desde el momento en que La Tilacina llegó a esta conclusión hasta que desenvainó navaja y se fue hacia él con justiciera intención apenas habían pasado diez segundos, los suficientes para que a través de la niebla del alcohol, los porros y su maltrecha dignidad femenina se formara en su mente la conciencia de la enormidad del crimen cometido por El Moño y la heroica oportunidad que a ella se le daba de repararlo. El Moño trastabilló patrás con el muro de la casa que había construído -no la que se ve en los vídeos, que esa la construí yo cuando aquella se quemó, sino una más pequeña aunque harto suficiente para nosotros dos- y cuando La Tilacina se tiró pa él pa rematarlo yo me interpuse y lo salvé, a riesgo no sé si de mi vida pero sí desde luego de llevarme un mal pinchazo. La pelea que siguió fue épica y risible, pero a qué recordarla... No os la voy a contar, y si tenéis curiosidad preguntadle a Dios cuando os muráis, que Él guarda registro de todo lo que sucede en este mundo pero yo sólo quisiera guardar registro de las cosas que lo mejoran, si es que esto puede ser.

El caso es que La Tilacina me ha llamado cabrón, me ha dicho que por quién la he tomado con eso de que si ya ha matado a su madre o si quiere matar al Moño, me ha mandado a la mierda y me ha colgado.
Yo me he quedado bien compungido por lo que ha pasado. Es verdad que hablarle dos veces de intenciones asesinas ha sido poco oportuno. Sobre todo teniendo en cuenta que La Tilacina ya no es hoy la que era antes, y que se lo curró bien en serio durante un año de esclavitud voluntaria para desintoxicarse del alcohol; gatillo de su violencia y causa visible de su confusión mental y sus problemas.
Una vez más la cagaste, Chucho, y has hecho daño a alguien sin quererlo. Es más, con alegre intención festiva.
Repaso los acontecimientos de la llamada a La Tilacina y más bien parece que le ofrezco a un asesino en potencia la oportunidad de matar a otro delincuente ahora que su puesta en libertad lo ha hecho accesible en vez lo que realmente ha sido: La alegría de su liberación había traído a mi mente una emoción de amor solidario y junto a ello el recuerdo de muchas de las mayores emociones que vivimos juntos. De aquellos que compartieron vida con nosotros en el solar, aquel a quien más quiero es La Tilacina, y esperaba más una risotada de felicidad por su parte (tan absurdos somos, en defrinitiva, ante la vida y la muerte) que este gesto de dignidad ofendida que ha enarbolado.

jueves, 7 de julio de 2011

La vida y la muerte

Ha muerto el zorrito que vimos anoche en la carretera. Me lo he encontrado esta mañana volviendo de Cuenca, atropellado en el mismo lugar en que lo vimos, a quinientos metros de la frontera entre las dos provincias.
Se me ha escapado un enorme ¡Mierda! y en cuanto he podido he parado para ir a verlo.
Era un zorrillo joven, ya con los dientes de adulto, pero sin que le hubieran crecido aún completamente, por lo que le calculo una edad de entre 3 y 5 meses, aunque no tengo tomadas las medidas a otros animales que no sean perros, gatos o humanos.
Ahora que está muerto, extrañamente, lo que pudimos decir o pensar sobre él las últimas personas que lo vimos vivo adquiere la gravedad de lo irrepetible, de lo que sólo pasa una vez en la vida.
Mientras escribo veo por la ventana del salón a dos gorrioncillos en el suelo del corral tocándose con los picos; compartiendo quizá los últimos sabores descubiertos en estos primeros días del verano. Alrededor de ellos otros gorrioncillos vienen y van afanosamente, recuperando del suelo miguitas de alimentos que las gallinas desdeñaron a la hora del rancho cuando ruidosamente se pelean por el pan, la fruta, el maiz o los restos de comida humana que les echamos y que tan generosamente transforman en huevos, abono, carne para estofado, plumas y alegría de vivir.

Todo es irrepetible. Cada segundo de esta vida increíble resulta irrepetible. Imagino el ojo de Dios descendiendo desde el espacio y enfocando un punto de la Tierra como lo hace el ojo de Google Hearth:
Cada pluma de gorrión es una maravilla mecánica, con sus miles de ganchillos velcro, su exquisita orientación espacial, su ligerísima estructura y sus delicados colores, pero el ojo de Dios no se detiene y retorna al espacio para volver de nuevo aceleradamente y enfocar esta vez el gorrión que estaba al lado del primero; o una gallina; un renacuajo; un trozo de lechuga; una lombriz; la flor múltiple del perejil; una gota de esperma...
Y estas son sólo las cosas materiales; las que el ojo material de Dios -o de Google Hearth- puede ver; luego están las cosas espirituales: El dolor que nos causamos unos a otros; el que nos causaron y que nos define como personas; la alegría; los pensamientos elevados; los recuerdos; el miedo de vivir; la angustia; el placer del éxtasis; el amor a todo; el calor de las caricias; la seguridad de un regazo amoroso; el bienestar de mamar; el placer de amamantar; la alegría de comprender; el mezquino gozo de causar daño...

Me pregunto quién atropelló al zorrillo; y porqué; y cómo; y si lo pudo evitar o no; o si quizá no quiso.
Hay muchos cazadores por aquí. Y los cazadores gozan matando. La esencia de la caza es que se extrae un cierto placer al causar la muerte a otro ser vivo. Lo mismo que los que nos han torturado disfrutaban torturándonos. (¿No? ¿A ti no te ha torturado nadie? ¡Qué raro eres!)

Imagino al pequeño Hitler en el colegio, bajito y miserable, moreno como un hispano, palpándose la bragueta para notar su único cojón en el escroto, padeciendo por su horrible bigotillo negro del que nunca consiguiera desprenderse, sufriendo las constantes torturas de algún inconsciente hijo de puta que -miseria de las debilidades humanas- nunca se descubrió públicamente. El pequeño y menospreciado Adolfito que espiaba a sus compañeros más hermosos y soñaba con poder ser alto, rubio, fuerte, con tener anchas espaldas y el pecho ancho; el enamorado Hitler de la raza Aria que, en los concursos de pajas en el bater del colegio o en los dormitorios de los campamentos de verano elegía el rincón más apartado desde donde, agradeciendo al destino el ser feo y poco apetecible, acariciaba torpemente su pequeña pilila ocultándola con sus manos de la vista de los demás y miraba con deseo y con envidia los miembros viriles de sus compañeros, más grandes, más blancos, más rubios, más turgentes, más sensuales, más apetecibles y deseables que el suyo propio.
¡Qué bien le hubiera venido al mundo que el torturador de Hitler se descubriera, quizá inocentemente, y dijera por ejemplo que él ya había castigado a Adolfito antes incluso de que hiciera todo el daño que hizo!

Cada situación es irrepetible, nueva, distinta, absolutamente única. Cada encuentro entre unos seres vivos, cada momento de esos encuentros es diferente a los otros. Sin embargo no parecemos capaces de vivir plenamente cada nuevo momento. Nos lo dicen los estudios punteros de psicología: no estamos hechos para conocer sino para reconocer. Así es como vivimos vidas grises, constantes, repetidas. La cajera del supermercado no aprecia la riqueza única de cada momento que vive y sólo sueña con acabar el trabajo y volver a casa para darse un baño de espuma relajante y empezar a vivir su vida de verdad. Su vida privada. Porque lo otro... eso no es vida. Lo dice la sabiduría popular.

Hitler castigó una y mil veces, y mil veces mil veces, y más, mucho más, por lo menos diez veces más al pequeño hijo de puta sádico que lo maltrató porque era pequeño y moreno, y porque tenía un no-sé-qué de femenino y amanerado. Un castigo diez millones de veces repetido, en diez millones de personas desconocidas, totalmente inocentes del mal que aquel jodido bribonzuelo le había causado. Yo no he conocido a ningún superviviente de campos de concentración nazis y si hubiera sobrevivido al gaseamiento inicial, no hubiera durado más allá de las dos o tres primeras semanas, pero me importa más la muerte del zorrillo que la de cada uno de aquellos desgraciados prisioneros.

Nos han enseñado muchas cosas, y la mayoría de ellas son estúpidas. Un prisionero repetido millones de veces no es nadie, se vuelve anónimo. Un zorrillo vislumbrado un momento al azar de un viaje nocturno por carretera es único, y más importante que muchas personas.

El conductor pasa de noche en dirección a Cuenca. De repente un bulto se abalanza contra su coche. No tiene tiempo de frenar ni de hacer nada. El coche golpea el animal fracturándole el cráneo.
Milagro de los golpes bruscos y secos, aunque todo el lado derecho del cráneo está astillado, las astillas han quedado en su sitio y la cabeza sigue teniendo la preciosa forma de la cabeza de un zorro. Agachado junto al animal, que he llevado alzándolo del rabo cien metros más allá hasta un lugar donde lo puedo examinar sin riesgo de ser a mi vez atropellado compruebo que el animal ha sufrido uno, a lo sumo dos atropellos: La cola está intacta. Las patas están intactas. Los órganos internos: hígado, corazón, riñones, han quedado completamente expuestos porque la piel se ha desprendido casi por completo desde las ancas hasta media caja torácica, pero están intactos. Visiblemente falta un gran trozo de piel porque la que queda no es suficiente para darle la vuelta al cuerpo y cerrar la herida (qué broma hablar de herida en este caso; ha sido un despellejamiento brutal). Faltan también los intestinos y supongo que un depredador nocturno debe de haberse apropiado de ellos en su propio provecho.

Debía ser cerca de la medianoche. El cazador circulaba en dirección a Cuenca. Medio minuto antes había pasado por la divisoria de provincias. Quizá venía siguiéndonos de lejos y me había visto frenar cuando el zorrillo se metió en la carretera.
.-¡Ojalá no le pase nada!- había dicho yo mientras lo veíamos volver, desorientado, hacia el campo de patatas del que había salido.
Los coches avanzan en la noche sosegada como perturbaciones luminosas que se deslizaran, entre los campos de cebada, alterando la vida fronteriza de la carretera. El zorrillo vuelve a entrar en la carretera. El coche lo golpea. El zorro sale despedido hacia delante mientras el coche frena y cae justo ante las ruedas. Al soltar el conductor el pedal del freno el coche levita levemente. Las ruedas le pasan por encima con poco peso: le arrancan la piel; le desprenden los intestinos.
El zorro quedó tendido en la carretera, muerto instantáneamente. Otros cincuenta o sesenta vehículos pasaron esa noche por ahí. Ninguno más lo atropelló; todos evitaron el bulto muerto en la carretera: no es lo mismo matar que ensuciarse el coche.
Al día siguiente el rostro del zorrillo todavía conservaba la mueca con la que la muerte lo sorprendió: un gesto infantil, gracioso, de quien se enfrenta por primera vez a la muerte y tiene miedo, pero no sabe la gravedad del encuentro.
El primer gesto de miedo de quien ha vivido sintiéndose siempre protegido es un gesto encantador: el miedo no parece auténtico miedo sino un simulacro de miedo; una constatación de la propia indefensión y un abandonarse en los brazos más fuertes del destino.





«El creador del cielo y los infiernos se excedió a sí mismo cuando inventó el dolor. Perfumadas cabelleras, labios color rubí ¡qué número alcanzasteis sobre la tierra!» (Omar Jayyam)

Jesucristo y su blog

Jesucristo tenía un blog
que sólo leían doce personas

.-Más vale pocos e inteligentes
que muchos y deficientes
-decía Jesucristo-
Y nunca se enfadaba
de tener tan pocos lectores
porque los consideraba sus amigos
Sin embargo uno de ellos
-estaba escrito, estaba escrito-
le tenía que traicionar
¿cómo puedes creer que tienes 12 amigos
cuando nadie tiene más que dos o tres?

Todo el mundo conoce a alguien
que conoce a alguien, que conoce a alguien
que conoce a alguien, que conoce a alguien
que conoce a cualquier persona de este mundo
Dijo Jesucristo

nadie conoce a nadie dijo Judas
y yo no sé quién eres. Y quizá ni siquiera sé quien soy

Esa es la clave dijo Jesucristo:
Yo quiero tener un millón de amigos
y tú sólo dos o tres
Yo quiero conocerlo todo
y tú esconder la cabeza bajo el ala

¿A qué saben las monedas que te metiste por el ano
cuando no les da el brillo del sol?

El sol no brilla casi nunca en este mundo -dijo Judas.
Tú eres la nube que lo cubre.

Las nubes no son nunca personas -dijo Cristo.
Sólo accidentes de la naturaleza.
Si no ves el sol no es culpa mía
sino de esa brizna de paja que sostienen tus pestañas.

Tú me maltrataste dijo Judas.
¿Porqué dijiste que te iba a traicionar?
¿No sabes que soy sensible?

Jesucristo recuerda a Judas clamar desesperado mientras crispaba sus manos:

.- Me traicionarás señor! sé que lo harás!
¡Me tienes en tan poco!

El centurión romano, pagado por Judas Iscariote,
clava una lanza en el costado de Jesucristo.

AAAYYY! grita Cristo ¡joder qué daño!

Lo ves -dice Judas- Siempre me haces daño.

Jesucristo se baja de la cruz y se va a llorar en brazos de María Magdalena.

El amor entre iguales no es posible -dice Judas.
No si uno de ellos no quiere.

jueves, 30 de junio de 2011

Dinero

Me lo acaban de confirmar por teléfono desde mi banco. Soy cinco mil cuatrocientos treinta y un euros con sesenta céntimos más pobre que hace un momento. 
En cambio España es exactamente cinco mil cuatrocientos treinta y un euros con sesenta céntimos más rica que hace un momento.
No sé si este generoso aporte de mi pecunio personal contribuirá a hacernos salir de la crisis más rápidamente; si ayudará a recuperar la feraz naturaleza original de nuestra patria, diezmada ya desde la época de la aventura ultramarina del Imperio y rematada en la época de Franco con la exagerada acidificación del suelo que el Icona causó con su incompetente política de repoblación con pinos (recuerdo, de la última época de la dictadura, un folleto de autobombo en el que, junto a las enormes cifras de repoblación con pino mediterráneo se vanagloriaban de "no impedir a la vegetación autóctona reproducirse" para permitir la máxima diversidad biológica en sus (perdón, nuestros) bosques).

No sé si mi dinero se usará para ayudar a la recuperación de los humedales mediterráneos (toda la costa de aluvión mediterránea es (humm, fue) rica en estos parajes de evidente interés ecológico y económico) o si algún espabilao adicto al enriquecimiento rápido conseguirá convencer a la administración de que invierta mi dinero (ahora ya de todos nosotros) en financiar rentables proyectos de campos de golf que en nuestras regiones no son, a nivel climático, más que enormes evaporadores de agua dulce irrecuperable. 
Me pregunto si los cinco mil y pico de euros que este año he añadido al fondo común se usarán para hacer el bien; para proyectos éticos que me hagan sentir mejor, a mí y a todos vosotros; para disminuir el dolor y el sufrimiento que tanto acompañan al ser humano en esta última etapa de su historia, o si se utilizarán para pagar 3 o 4 meses de salario de algún incompetente con porra y pistola que dejará salir su vena sádica bajo la cobertura del uniforme y destrozará a golpes las ilusiones de algúnos jóvenes idealistas. Me pregunto en este caso, cuánto de mi dinero (nuestro, nuestro) destinará el estado para pagar el uniforme, la porra, la pistola, las balas, la renovación del betún que quedó adherido a la ropa, al cabello, a la cara de los idealistas, y cuánto destinará para curar las heridas de esos mismos idealistas.
Me pregunto cuánto de mi dinero se utilizará para dignificar las condiciones de vida de los pollos, terneros y cerdos que nos comemos en España; cuánto servirá para promover su bienestar y de rebote el nuestro propio y cuánto de él se utilizará para construir mataderos cada vez más alejados del consumidor final, desrresponsabilizándonos así del sufrimiento que nuestra hambre causa en otros seres vivos. Cuánto ayudará de verdad a una mayor armonía entre los seres vivos que compartimos este país y cuanto se usará para programar ñoñas películas de animalitos antropormorfizados en los programas infantiles de la televisión. 
Me gustaría, es verdad, que mi dinero (nuestro, nuestro, de todos nosotros) se utilizara de la manera más eficaz posible en el sentido que dicta el preámbulo de nuestra constitución: es decir, para promover la justicia, la libertad, la seguridad y el bien de cuantos integran la nación española (todos, todos nosotros) pero como parece que nuestros gobernantes, como grupo, no están muy por la labor, me temo que mi dinero ha servido (o servirá) más bien para pagar cosas inútiles que sólo benefician a unos pocos (a veces criminalmente), como el económica, social y ecológicamente ruinoso Terra Mítica, o los trajes de Camps (que por cierto, ¡qué gasto inútil! ¡si ese señor tan sibilino no tiene percha! Mejor nos hubiera venido a todos que para mejorar su aspecto le compraran un peluquín, en su caso mucho más útil y barato). 
Y ya que estamos en eso y la realidad social es muy diferente de aquella que idealmente yo, o la mayoría de nosotros quisiéramos vivir y en los papeles que he rellenado para aportar mi contribución al fondo común no parece que se nos den muchas opciones de decidir en qué se gastará mi/nuestro dinero, yo, para diversificar los riesgos, he marcado la cruz tanto en la casilla de las ONGS como en la de la iglesia, y así habrá un 1'4% de mis cinco mil y pico de euros que no estarán bajo el control directo del gobierno, sino de otras organizaciones. Es poco dinero, apenas 80 euros, pero con los 40 que le tocan es posible que la iglesia pueda comprar una teja, o quizá dos si regatean como tradicionalmente han regateado los representantes de Dios en la Tierra, y con ellas podrán tapar alguna gotera en alguno de los hermosos monasterios que posee que son, de todas maneras, patrimonio cultural de todos nosotros. Y ojalá la ONG que se vea beneficiada con nuestros 40 € decida gastarlos en comprar 3 o 4 encinas jóvenes para que las planten, en alegre excursión dominical, niños de barriadas pobres en nuestra reseca tierra depauperada.
ASÍ SEA.

jueves, 21 de abril de 2011

El universo humano



Y si llegamos al espacio, seguro que lo dejamos como tenemos nuestras ciudades. Pa eso, mejor nos extinguimos.


(foto tomada en Mondejar, Guadalajara)

El universo humano



Y si llegamos al espacio, seguro que lo dejamos como tenemos nuestras ciudades. Pa eso, mejor nos extinguimos.


(foto tomada en Mondejar, Guadalajara)

miércoles, 13 de abril de 2011

Estoy llegando a Brea de Tajo, y a mi derecha veo un gran aparcamiento de coches. Hay unas 100 plazas y casi todas están llenas. Hago la foto:



Sale un chico a fumar un cigarrillo.

.- Hola -le pregunto- ¿trabajas aquí?
.- Sí -me dice-

.- ¿Que es esto -le pregunto- un reformatorio?
.- Bueno, es un centro de detención y reinserción de menores.
.- Ya -le digo- Es como un pequeño taleguillo ¿no?
.- ------
.- ¿Y tú qué haces aquí; eres funcionario, educador?
.- No, yo estoy frente a unos monitores, vigilando las cámaras.
.- Ya... -me explico- Es que mira, ando de viaje, y encontrarse esto, en medio de la estepa castellana... Sí que los tienen bien controlados aquí... ¿A donde van a ir?
.- Ya, sorprende, ¿eh? De todas maneras, a ver quién es el guapo que salta ese muro.
El muro es de cemento; o de hormigón, y mide unos 4 metros de altura. Recuerda al muro que los israelíes han construído en Palestina.


.- Yo lo saltaría -dije- yo me escaparía. Hummm, es liso también por dentro, claro (a veces digo tonterías) y me quedo pensando, estudiando cuáles son las partes débiles de la estructura.
.- De todas formas -me dice- están muy bien aquí. No les pegan ni nada. No es como hace un par de años, que en los centros de detención les pegaban. Están muy bien tratados...
.- ¿Y cuantos hay?
.- Ah, no sé, no tengo ni idea.
.- ¿No sabes cuántos hay? porque todos estos coches no son de los internos, ¿verdad?
.- No, no estos son de gente que trabaja aquí
.- No les molestará que haga fotos, ¿no?
.- No se, fuera supongo que no. Si quieres saber más cosas estate un rato junto a la puerta y cuando veas a un "V" le preguntas.
.- ¿Un "V"? ¿qué es eso? -He pensado, con un estremecimiento, en los "V" alienígenas que comían ratones-
.- ¿Un "V"? -dice extrañado- y de repente cae: ¡Ah! como hablamos entre nosotros.. Un "V" un vigilante, pero no uno así de polito como yo -el chico lleva un polo azul- uno que lleve uniforme azul.
.- No -le digo- creo que no voy a estar mucho rato por aquí. ¿De verdad que no sabes cuántos hay? Deben ser muchos, ¿no? porque tanta gente para cuidarlos...
.- Bueno -me dice- es que ahora hay dos turnos a la vez (deben ser las 14 h)
.- Ah, ¿quieres decir que coinciden los que salen y los que entran ahora mismo ahí dentro? ¿que normalmente hay la mitad de coches?
No contesta a mi pregunta, y entonces insisto:
.- ¿Pero cuántos crees que habrá? ¿doscientos? ¿quinientos? ¿mil? ¿dos mil?
.- No -dice- no tantos, unos doscientos...
.- Ya... ¡Y qué humor, ponerle el nombre de Teresa de Calcuta! ¿no? seguro que si lo supiera se revolvería en su tumba.


Hace un gesto de comprensión y sonríe por lo bajo. Lo entiende, de sobras lo entiende. Y es un chico joven, no tendrá mucho más de veinticinco años.
.- Pero ¿sabes? -me dice- Los tratan bien. Esto es casi como un campamento.
.- Ya...
.- Perdona pero es mi hora libre (el cigarro que le he visto encender mientras me acercaba a él está ya medio consumido) y quiero darme un paseo.
Hago un gesto de comprensión. Está tan claro que quiere sentirse fuera de estos muros opresivos...
Mientras me decía esto ha señalado un caminito que corre justo enfrente, entre los árboles.
.- No, perdona, si soy yo que...
.- No, no, está muy bien. Tú has preguntado y yo...
.- Vale, no te distraigo más. Adiós, ¿pero sabes una cosa? Si saliendo de aquí veo algún chaval haciendo autostop, te aseguro que lo cogeré y lo llevaré bien lejos de aquí.
El chico joven sonrie con comprensión, cruza la carretera y se interna por el caminito...




El Toboso, kilómetro cero.






Estuve en el Toboso hará unos 25 ó 30 años.

Las calles no estaban alquitranadas sino que eran secas de polvo entregris y las casas no eran blancas como ahora, sino marrones. El color tierra dominaba el espectro visible. La sequedad y el calor eran la nota dominante. Se veían algunos perros momificados, podencos altos y flaquísimos, pasear acobardados a la escasa sombra que daban algunas paredes orientadas al sur. Todo era lento ese verano, porque la misma luz debía llegar a nuestros ojos haciendo slalom sobre las ondas de aire que el calor que desprendía la tierra ponía ante nuestros ojos.
Fue nuestra anfitriona la misma mujer que hemos venido a felicitar por su centésimo cumpleaños, pero hablaré de ella en otro post.
Comimos queso con pan y bebimos vino, el sempiterno queso de la mancha, graso, denso y sabroso, y un vino que más que color teja tenía sabor a teja, de tan áspero que era. Sabor a teja castellana, a teja manchega calcinada al sol, que se cuartea y pierde rodales de sí misma protegiendo del calor las casas, los corrales y las parideras... De postre tomamos uvas pasas, que aquí en este pueblo dejaban secar en las mismas parras. No sé si seguirá la costumbre...

Ahora las calles están todas asfaltadas, las casas son blancas, encaladas, y tienen casi todas una franja azul marino que desde el suelo llega a unos 60 cmts de altura. Si cuando estuve aquí, hace treinta años, me parecía ser el único que tenía conciencia de estar en el pueblo en el que Cervantes situara a la amada de su protagonista, ahora es todo lo contrario. Las calles tienen todas nombres relacionados con El Quijote. Las plazas tienen esculturas que hacen pensar en El Quijote, los bares se llaman todos Rocinante, Dulcinea, Cervantes, Quijote etc. Hay una asociación Dulcinea Humanitaria, una venta del Quijote, el colegio se llama grupo escolar Cervantes, hay un museo cómico de ilustraciones de Dulcinea, en casi todas las esquinas de las calles hay, escritas con hierro forjado, frases del Quijote...

En fin, vivir aquí debe ser difícil si uno desea tener independencia de pensamiento. El Toboso, para ser un pueblo célebre, paga un alto precio. Ha perdido su independencia. Y con el pueblo también han perdido su independencia sus habitantes, a los que no es posible ya pensar de manera autónoma pensamientos genuínos. El ambiente es sin embargo agradable, pese a esta evidente servidumbre, y los toboseños son persona simpáticas y serviciales. En dos días he entrado en 5 bares, de los cuales dos eran llevados por mujeres rumanas. Las cervezas van siempre acompañadas de una tapa, que es, habitualmente, abundante.

El rasgo más curioso que he notado en este pueblo es -me parece- común a otros pueblos de La Mancha, aunque sólo hoy he sido consciente de él. El caso es que los hombres y las mujeres tienen un acento distinto. El de las mujeres más cantarín, y el de los hombres más rústico.




Los perros se lo han pasado rebién cazando conejos, y están reventados. Hoy marcho para otro lado.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Primer paso

Todo viaje es un viaje pequeño dentro del gran viaje.

La inmovilidad no existe. El viaje es siempre interior. Todo fluye. El fluir del mundo me cambia a mí y yo cambio al mundo. El viaje es la experiencia de estos cambios.